miércoles, 15 de abril de 2009

Ah, L'Amour

A quoi ça Sert l’Amour?

La tumba india

-De modo que para eso acudiste a la cita, para decirme que por fin te casas con él.

-Sí. Lo siento.

-No lo sientas. En realidad, no hay nada que sentir, nada que lamentar. Todo está bien. ¿Y cuándo te casas?

-A comienzos de julio.

-Perfectamente. Que sean muy felices. Creo que harás una magnífica ama de casa.

-Por Dios, no son de tu estilo esos sarcasmos.

-Si crees que a esto se le puede llamar sarcasmo, estás muy equivocada. Puro y simple rencor, puras y simples ganas de mandarte a la chingada, ¿qué te parece?

-Que no lo tomas con mucha elegancia que digamos.

-¿Y qué me dices de la elegancia con que vienes aquí, después de llevar yo una hora esperándote, y me dices así, tranquilamente, que es la última vez que nos vemos? ¿Qué me dices de eso?

-Pensé que no te tomaría de sorpresa. Ya habíamos hablado de ello. En realidad, desde que iniciamos nuestra relación estaba claro que seríamos libres y que no habría ningún sentimentalismo entre nosotros. Tú estuviste de acuerdo.

-Sí, es verdad, no me toma de sorpresa. Y confieso que estuve de acuerdo. Pero creí que habías olvidado ya el pacto. Creí que sería tan hombre, que serías tan mujer y que habría tanto amor entre nosotros, que el pacto quedaría olvidado.

-Sabes que te quiero. No soy una ramera. Imposible haber tenido una relación así contigo y no quererte. Pero…

-Pero no me amas, eso es todo.

-No sé si te amo. Sé que te quiero. Y que agradezco profundamente haberte conocido.

-No es nada, el agradecido soy yo.

-Por Dios, no hables así.

-¿Y como no he de estar agradecido? Imagínate, haber podido acostarme contigo, haber tenido el honor de que tú te permitieras gozar conmigo. Mucho más de lo que podía soñar, ¿no es cierto?

- Hablas como un prefecto cínico.

- Hablo como un perfecto cínico. Exacto. Como un perfecto cínico. ¿Y tú? ¿Y tú, querida? ¿No hablas como una prefecta cínica? ¿No mes cinismo eso de “no mezclaremos el amor en nuestras relaciones”? ¿No es cinismo acostarse con un hombre y no amarlo?

- Estás haciendo todo esto muy desagradable.

- ¿Cómo dices? ¿Muy desagradable? O sea: que no lo tomo con elegancia, ¿verdad?

- Oh, por favor, querido. Tú sabías que no iba a durar, que eso no dura, que lo mejor es vivir ese maravillosos instante no intentar desesperadamente alargarlo toda la vida.

- Sigue, sigue hablando.

- ¿Crees que no voy a recordarte? Claro que voy a recordarte. Y a desearte. Pero ¿no es mejor quedar con el recuerdo que llegar a cansarse uno de otro, llegar a conocerse tanto que ya no hay misterio ni nada?

- Hablas muy bien, amor mío, sigue, sigue hablando, me encanta oírte.

- Oh, ya sé, ya sé que tienes razón y que merezco tus reproches y tus injurias, merezco que me mates, pero... trata de comprender... trata de...

- Habla, ¿por qué callas?

- No sé, yo quería tanto que nos separáramos como amigos.

- ¡Ja!

- Si al menos no me guardaras rencor, si no me odiaras.

-¿Rencor? ¿Odio? ¿De qué hablas? Todo esto son tonterías, amor mío, Ven. Vamos. Vamos al departamento y olvidemos estas tonterías. Te amo y te deseo. Y luego me dirás si aún quieres casarte con ese animal. Ven, vamos al departamento. Vamos.

- No querido, sabes que no iré. No terminemos mal esto.

- Sí, sé que no iras. No irás. Por que esta vez sería por amor, y no hay que mezclar en esto eso que llaman amor, ¿verdad? Pero no puedo prometerte que no te guardaré rencor, que no voy a odiarte. Porque quiero odiarte. Eso será lo que me quede de ti. Tu odiado nombre, tu odiado rostro, tus odiados labios. Y vete mucho al demonio puta.

Hubo un pequeño silencio entre ellos, y luego ella se levantó y se fue, él se quedó oyendo el jazz estúpido y diciendo puta por lo bajo, hasta que la palabra perdió todo sentido.

Había una vez un maharajá en Eschnapur que amaba con locura a una bailarina del templo y tenía un amigo llegado de lejanas tierras, pero la bailarina y el extranjero se amaban y huyeron, y el corazón del maharajá albergó tanto odio como había albergado amor, y entonces persiguió a los amantes por selvas y desiertos, los acosó de sed, los hizo adentrarse en el reino de las víboras venenosas, de los tigres sanguinarios, de las mortíferas arañas, y en el fondo de su dolorido corazón el maharajá juró matarlos, porque ellos habían traicionado dos veces, en su amor y en su amistad, y por ello mandó llamar al constructor y le dijo que debía erigir en el más bellos lugar de Eschnapur una tumba grande y fastuosa para la mujer que él había amado...

Vio su propio rostro en las losetas negras de la pared, un rostro oscurecido y borroso, irreal como una imagen cinematográfica mal proyectada, y luego el rostro de ella, tan oscurecido, borroso e irreal, y se dijo todo esto es una historia de fantasmas, una historia de amor y separación entre fantasmas, y miró un momento en torno y distinguió las otras mesas, los rostros de hombres y mujeres suavemente iluminados por las lámparas , hablando en murmullo, oyendo distraídos la dulzona caricatura de jazz que el pianista extraía del piano, y después miró el rostro de ella, no el irreal reflejo en las losetas negras, sino el pálido y bello rostro real de ojos verdes, frente alta y abombada y cabello peinado en corto, cuyos mechones castaños rodeaban la frente y los ojos, y el fino vello sobre los labios humedecidos por el minyulep. Voy a darle una bofetada, pensó.

-De modo que para eso acudiste a la cita, como venías antes, como viniste la segunda vez que nos vimos: traías el traje sastre y el cabello rociado de pequeñas gotas titilantes, y frías las manos, y tomaste un minyulep que yo te sugerí, y hablamos de tonterías hasta que de pronto me dijiste que querías conocer mi departamento y que así añorarías tus días de estudiante, para decirme que por fin te casas con él, con el idota ese que no tardará en ser el mejor médico de la ciudad, porque, como él nos decía, “el consultorio hace al médico”, y su papi va a ponerle el mejor consultorio de la ciudad.

-Sí. – dijo ella-. Lo siento.

-lo siente, maldita puta. No lo sientas. En realidad, ¿en cuál realidad, en la de esos rostros fantasmales y borrosos que gesticulan en esas losetas oscuras, recordando que fueron nosotros?, no hay nada que sentir, nada que lamentar, salvo lo ya perdido: las tardes caminadas por el Paseo de la Reforma, el ocaso desde el alto edificio de la Latinoamericana y la ciudad vasta y minúscula a nuestros pies, y los juegos en el lecho, y el sabor de tu vientre en mi lengua, y las citas en el pequeño café estilo suizo donde comías aquellos pasteles cuyo hojaldre deliciosamente crujía en tus dientes, y la insistencia del piano y el contrabajo y los tambores en los discos Brubeck, y tu manera de acariciarme la espalda casi rasguñándome cuando llegabas al placer. Todo está bien. ¿Y cuándo te casas? ¿Cuándo te tiendes boca arriba y le abres los muslos, puta?

-A comienzos de julio – dijo ella.

-Perfectamente, perfectamente perfectamente perfectamente. Que sean muy felices. Creo que harás una magnífica ama de casa, una especie de barredora eléctrica o lavadora automática dotada de sexo, lista y eficiente para barrer, lavar y fornicar en cuanto el amor oprima el botón, aunque por supuesto, como eres una señora, o vas a serlo, delegarás en un simple ser humano las dos primeras funciones para limitarte en la tercera, que es muy de señora, y de puta, y de perra.

-Por Dios, no son de tu estilo esos sarcasmos – dijo ella.

-Si crees que a esto se le puede llamar sarcasmo, estás muy equivocada. Puro y simple rencor, puras y simples ganas de mandarte a la chingada, pero decirte ven conmigo, ven, vamos al departamento, pondré el disco de Brubeck que te gusta y lo oiremos mientras te desnudo dulcemente, y besaré tus senos y seré más impetuoso y tierno y salvaje y delicado que nunca en el acto de amor, ¿qué te parece?

- Que no lo tomas con mucha elegancia que digamos – dijo ella.

- ¿Y que me dices de la elegancia con que me has envenenado, víbora, viborita fatal moviendo el culo como un cascabel? ¿Y qué me dices de la elegancia con que vienes aquí, después de llevar yo una hora esperándote, y me dices así, tranquilamente, que es la última vez que nos vemos? ¿Qué me dices de eso? Dime, arrastrad, perra vendida al mejor postor.

-Pensé que no te tomaría de sorpresa – dijo ella. Ya habíamos hablado de ello. En realidad, desde que iniciamos nuestra relación estaba claro que seríamos libres y que no habría ningún sentimentalismo entre nosotros. Tú estuviste de acuerdo.

-Sí, es verdad, no me toma de sorpresa. Fue esa segunda vez que nos vimos, y tú estabas vistiéndote, estirando cuidadosamente la media sobre una pierna y sacando la lengua entre los labios, con esa repentina indiferencia hacia todo que no sea presente que hay en la mujer poco después de haberse entregado, como si con ello recuperase un tiempo propio y nada más que suyo, y me dijiste: “esto tiene que ser así siempre, una relación entre dos que se gustan y se entienden sexualmente, no hay que mezclar en esto eso que llaman amor”. Y confieso que estuve de acuerdo, que te dije viéndote desde la cama donde yacía, perfectamente”, y sin saber por qué eché a reír y tú también reíste, y de repente te echaste sobre mí y empezaste a hacerme cosquillas y caricias luego, de modo que tuvimos que empezar de nuevo a pesar de que yo estaba un poco cansado, pero creí que habías olvidado ya el pacto. Creí que sería tan hombre, que serías tan mujer y que habría tanto amor entre nosotros, que el pacto quedaría olvidado.

-Sabes que te quiero – dijo ella, mirándolo con una tierna sonrisa, como a un niño - . No soy una ramera. Imposible haber tenido una relación así contigo y no quererte. Pero…

-Pero no me amas, eso es todo. ¿Y cómo te atreves a decirlo, cómo te atreves, cómo te atreves si nos hemos acostado juntos, si conozco cada curva, cada rincón y cada lunar de tu cuerpo, si conozco tu piel, tu calor, tu sabor, tu aroma, si he visto la frialdad fundirse en tus ojos verdes, si te he oído pedir más, gimiendo de placer, si conoces mi cuerpo y lo has besado sin pudores, si conoces el sabor de mi lengua, si me has dicho durante el acto que la gloria sería morir así, cómo te atreves, di, cómo te atreves a decir que todo ese placer será entregado al olvido, que todo ese placer fue sin amor?

-No sé si te amo – dijo ella-. Sé que te quiero. Y que agradezco profundamente haberte conocido.

- Ten cuidado con eso que dices, maldita puta víbora venenosa, ten cuidado con eso que dices, porque ardo en deseos de abofetearte. No es nada, el agradecido soy yo.

-Por Dios – dijo ella-, no hables así.

-¿Y como no he de estar agradecido? Imagínate, haber podido acostarme contigo, un futuro medicucho como yo, alguien que probablemente seguirá el camino del fracaso, a menos de que me saque la lotería o consiga una viuda millonaria, cosas para las cuales no tengo suerte o estoy dotado, un joven que tiene lo más que puede tener y que no tiene nada, porque esa riqueza que es juventud se pierde día con día, y por tanto habría que gozarla día con día, alegre, frenéticamente, para sólo dejarle a la muerte un cuerpo enteramente gastado, vacío, sin una gota de vida por vivir, pero el placer es sólo un instante, poco más que un abrir y cerrar de ojos, que un fuerte latido, y el amor está solitario, aullando en el vacío, mientras las mujeres de la tierra, pasan a nuestro lado, se quedan unas noches con nosotros y luego parten para convertirse en recuerdo, para olvidarnos, para hacerse eternamente ajenas, haber tenido el honor de que tú te permitieras gozar y bien gozaste conmigo. Mucho más de lo que podía soñar, ¿no es cierto?

- Hablas como un prefecto cínico – dijo ella.

- Hablo como un perfecto cínico. Exacto. Como un perfecto cínico. ¿Y tú? ¿Y tú, querida? ¿No hablas como una prefecta cínica, como una perfecta puta cínica? ¿No mes cinismo eso de “no mezclaremos el amor en nuestras relaciones”? ¿No es cinismo acostarse con un hombre y no amarlo? ¿No es cinismo acostarse con un hombre, abrirle las piernas, dejarlo penetrar en tu cuerpo y no ponerlo como un sello sobre el corazón, como una marca sobre tu brazo?

- Estás haciendo todo esto muy desagradable – dijo ella.

- ¿Cómo dices? ¿Muy desagradable? O sea: que no lo tomo con elegancia, ¿verdad?

- Oh, por favor, querido – dijo ella. Tú sabías que no iba a durar, que eso no dura, que lo mejor es vivir ese maravillosos instante no intentar desesperadamente alargarlo toda la vida.

- Sigue, sigue hablando, pero cállate, maldita puta de muslos abiertos, cállate y mira que muero de sed junto a la fuente, mira que muero de sed y la serpiente del olvido anida en mi corazón, se retuerce, muerde y devora muerde y devora mi corazón.

- ¿Crees que no voy a recordarte? – dijo ella -. Claro que voy a recordarte. Y a desearte. Pero ¿no es mejor quedar con el recuerdo que llegar a cansarse uno de otro, llegar a conocerse tanto que ya no hay misterio ni nada?

- Hablas muy bien, amor mío, sigue, sigue hablando y di todo eso del recuerdo, dilo, como si yo no supiera que la mente recuerda pero la carne olvida, di que vas a preferir un cuerpo recordado, un cuerpo oscurecido y borroso, cada vez más humano, cada vez más ada en tus manos, a mi cuerpo real, tangible, carnal, hecho para que lo toquen tus dedos, tus labios, tu lengua, anda, di, dile a mi pobre cuerpo desesperado, a mi loco sexo disparado hacia a ti, que ya nunca tendrán tu cuerpo y tu sexo, diles que vana buscar inútilmente, que van a buscar con el grito feroz del que muere porque lo ha mordido la serpiente que anidaba en su corazón, que mis dedos van a rozar sólo el recuerdo de tu cuerpo, sólo el recuerdo, que es el primer tiempo del olvido, nada más que un fantasma oscurecido y borroso, cada vez más humano, cada vez más nada, sigue habando, miente que la carne recuerda lo que la muerte no olvida, sigue hablando, me encanta oírte.

- Oh – dijo ella-, ya sé, ya sé que tienes razón y que merezco tus reproches y tus injurias, merezco que me mates, pero... trata de comprender... trata de...

- tú lo has dicho, mereces que te mate, y eso es lo que voy a hacer, amor mío, putita mía, viborita venenosa, eso es lo que voy a hacer, lo que hago, lo que estoy haciendo: matarte, matarte lentamente, con estas manos, estas manos, las mismas del amor, míralas curvar poco a poco los dedos avanzar hacia tu garganta, crispadas como garras, siéntelas acariciar primero y desgarrar después, siente el loco saltar y tamborilear de esa vena tuya, mira brotar la sangre, asume tu muerte, amor, esta dulce cruel muerte que te doy con toda mi dulzura toda mi crueldad. Habla, ¿por qué callas?

- No sé – dijo ella-, yo quería tanto que nos separáramos como amigos.

- ¡Ja! O quizá sea mejor, amada putilla mía, matarte con el puñal, desnudarte y meter el puñal en tu sexo clavándolo bien hondo y luego dar un tirón hacia arriba desgarrándote abriéndote el canal de modo que se vean al aire tus vísceras palpitantes y tus venas y tus huesos y quede apaciguada la serpiente que muerde mi corazón, que muerde y devora mi corazón.

- Si a l menos no me guardaras rencor, si no me odiaras – dijo ella..

-¿Rencor? ¿Odio? Hay tres cosas en mi corazón: todas las cobras amarillas de Birmania, todos los hongos mortíferos de Bengala, todas las flores venenosas del Nepal. ¿De qué hablas? Todo esto son tonterías, amor mío, Ven. Vamos. Vamos al departamento y olvidemos estas tonterías. Te amo y te deseo. Y luego me dirás si aún quieres casarte con ese animal. Ven, vamos al departamento. Vamos.

- No querido – dijo ella, sabes que no iré. No terminemos mal esto.

- Sí, sé que no iras. No irás, no irás no irás no irás. Por que esta vez sería por amor, y no hay que mezclar en esto eso que llaman amor, ¿verdad? Te pierdo, la carne te pierde y te olvida, empieza a no ser más que recuerdo, y giro en la oscuridad para abrazarte y mis dedos se hunden en humo, en nada, en recuerdo, mientras la carne olvida inexorablemente olvida. Pero no puedo prometerte que no te guardaré rencor, que no voy a odiarte. Porque quiero odiarte. Eso será lo que me quede de ti, el odio que te recordará viva, de carne y no de humo. Tu odiado nombre, tu odiado rostro, tus odiados labios. Las muchas aguas no podrán apagar el rencor ni lo ahogarán los ríos. Y vete mucho al demonio, puta, pero quédate, pero vete, pero quédate.

Y cuando ella se fue, después del silencio que hubo entre ellos, silencio que inútilmente trató de llenar la música del piano, él se quedó llamándola puta por lo bajo, sintiendo que la palabra iba perdiendo todo sentido.

Y entonces el constructor dijo: “Señor, siento que la mujer que amáis haya muerto”, pero el maharajá preguntó: ¿Quién dice que ha muerto? ¿Quién dice que la amo?”, y el constructor se turbó y dijo: “Señor, creí que la tumba sería un monumento a un gran amor”, y entonces le contestó el maharajá: “No te equivocas: la tumba la construye ahora mi odio. Pero cuando pasen muchos años, tantos años que esta historia será olvidada, y mi nombre, y el de ella, la tumba quedará sólo como un monumento que un hombre mandó construir en memoria de un gran amor”.

José De La Colina

sábado, 11 de abril de 2009

Noche materna

La luz de la luna guía a mis ojos ciegos,
percatan la silueta de mi mano.

Hoy la noche se me presenta materna,
tranquila, cariñosa, sincera,
y reconforta tibia.

Mi ser toma forma de feto,
se acurruca entre mis hermanos los árboles,
y se amamanta de cuerpos celestes.

Acaricio a un viento sutil,
mis ojos se llenan de dicha
entre siluetas oscuras.

Es así como nací, de la noche,
unida a mi madre,
la que cobija mi sueño,
mi existir.

Como yo nadie la ama,
como yo nadie la espera.

Cuando soy mala, ¡pesadillas!
me castiga, pero buena madre…
siempre perdonas mis defectos,
como yo el que amanezca.

martes, 7 de abril de 2009

Esta noche entre nosotros

Sólo por esta vez
yo no seré yo
y vos no serás mas vos
por que lo normal es
tenernos lejos entre los dos
que una distancia maligna nos condene por dos
que solo compartamos la noche, el día y el corazón.

Por que esta noche te tengo entre mis brazos
esta noche no quiero ser yo
por que ser yo es tenerte lejos tenerme solo
esta noche yo no soy yo pues mi piel roza tu piel
esta noche estoy fuera de mis casillas por que no quiero una vida normal ni cuerda
por que estas conmigo solo quiero tu compañia
quiero sentir que me sientes y sentirte sentirme
no quiero poder ver nada mas.
más que los horizontes de tu cuerpo y tus delgados cabellos

esta noche me pierdo pues no soy mas yo, pero soy mas yo que nuca
mañana en el día no sere ese que el sol hace que se le quemen los pomulos
no seré ese que ve la gente pasar, ni ese que espera que la gente no lo vea
hoy te presumo y asumo que quiero verte y verme
y así seguir hasta siempre o en la infinidad de un segundo
o hasta que la distancia se imponga y se componga
esta noche entre nososotros
y volver a ser los mismos tristes y solitarios compañeros de corazón
y continuar esperando el siguiente momento de sin razón.

martes, 31 de marzo de 2009

COCKTAIL DE SENTIMIENTOS

Han pasado varias lunas,
desde aquel momento
Y aun sigue aquí,
Esta atorado este sentimiento,
Se rehusa a salir,
a irse
Me agobia cada que puede,
Me refugio en el placer,
También lo hago en el alcohol,

Volteo a los costados, me siento atrapado,
Jamás me paso algo asi antes,
Es un malestar indescriptible,
Que cuando aparece no cesa,
Se calma, pero no se va,
Se detiene, pero después continua con mas fuerza
No identifica personas,
Arremete contra amigos, padres, y compañeros,
Ellos que no tienen culpa alguna,
Culpa?
Yo tampoco creo tener culpa,
No hice nada tan malo como para padecer esto,
No es amor, ni es desamor,
No es ternura, no es ardor,
No es soberbia, no es pasión,
Pero resulta mas fuerte que juntos,
Es un surco en el medio del pecho,
Formado por la decepción, la melancolía,
Y un problema existencial, pero dije indescriptible
Pues es lo mas cercano,
Todo mezclado con un toque fino de nostalgia,

Las cosas no marchan bien,
Y no desde aquel ayer,
Si no desde que apareció esta mezcla,
Desfilan caretas,
Unas y otras en el entorno,
Enriquecen el surco y ya no se que pensar,
Me resulta imposible estar,
Me es difícil cambiar tan derrepente,
Pero tuve que adaptarme a no tenerte,

El silencio casi grita,
De noche la calma llega a mi cuerpo,
Pero de dia vuelvo a escuchar la voz,
La voz que te desacredita,
Ya no mas!, esta fue tu decisión,
La respete y la lleve a cabo,
Pero con ello también despertó
El canto del temor,
Ese temor que se transforma en rencor,
No quiero rencor, tampoco pasión
Tal vez no quiero odiarte, ni perdonarte
Simplemente quiero sacar el malestar de mi
Me resulta imposible terminar con el,

Nada puede ser como antes, no lo quiero
Pero como tomaste tus cosas,
Podrías llevártelo,
Cámbiaselo a alguien por su compañía,
No es que ya no te quiera,
Tampoco es que te odie,
Simplemente es cansancio,
Estoy cansado de pensarte, y no borrarte
De alimentar mas y mas la novela,
Una que jamás tuvo inicio ni fin,
Solo fueron lindos pasajes guardados en la masa encefálica
Pero pocos en el corazón,
Aun asi, teniendo todo tan claro
Me resulta imposible volver a defenderte,
A quererte, a buscarte,
a estimarte,
Pero tmb me resulta imposible no desearte,
odiarte,maltratarte,
y por supuesto olvidarte…


David Skalari
31/03/09

martes, 3 de marzo de 2009

Hoy es

Hoy es, hoy se han librado ya dos batallas sobre mi cama, una de amor por una de cuerpos, sí el alama duele, pena, el cuerpo siente jubilo, el alma no lloro, ni el espíritu se arrepintió, no quedo mancha, solo aromas paganos, casi fragancias, el alma por el cuerpo, el cuerpo por la cama.
Ah alma, ya no llores preciosa, no te aguades ni te arrugues mas rápido que mi cuerpo, ahora regenerado, ejercitado, removido ahora del extraño ataúd en que se preservan las amargadas, ahora veo ahí a la tía Graciela que intenta que el alma no se le escape del cuerpo cojo y encorvado que el tiempo y la tierra todavía no se han encargado de desechar; aun no entiendo las bolsas elegantes que carga en los ojos su hermana de ataúd, la tía Leonora, ni entiendo como pierde el tiempo en tratar de ocultar lo evidente, se ha hecho vieja con o sin sexo, espero sinceramente que la ausencia no sea la causa de sus manos arrugadas, morir sin haber vivido lo que en mi cama se ha complacido ¡tragedia segura! Tal vez hasta el cielo lo tenga penado en exilio.
Ni el amor ni el sexo matan, ni aguantarlo tampoco, el alma no muere, por eso hay que cuidar al cuerpo mientras esta la tenga pegada, para que se esfume con la frescura tan ligera, que a veces deja una cama.

domingo, 8 de febrero de 2009

Carta para volvernos a ver

Escrita en el mar, el 25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del "Laennec", Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha.

Lo feo fue quererte, mi Fea, conociendo cuánta víbora
era tu sangre, lo monstruoso
fue oler amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar
que eras bestia, y no a besos sino a cruel mordedura
te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y confuso
descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! convertido.

Porque, vistas las cosas desde el mar, en el frío de la noche oceánica
y encima de este barco de lujo, con mujeres francesas y espumosas,
y mucha danza, y todo, no hay ninguna
cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor
antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes
que se parezcan tanto a la ignominia.

Ignominia es tu sangre, Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro,
remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción
de todo lo materno que es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla!
No hay trampa que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro
donde se te aparecen de golpe los pedazos de la muerte.

No te perdono, entiéndeme, porque no me perdono, porque el mar-por hermoso que sea- no perdona al cadáver: lo rechaza y lo arroja como inútil estiércol.
Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo, dormí con una máquina
de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el áspero océano,
Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.
Lástima de hermosura. Si hoy te falta de madre justo lo que te sobra
de ramera
y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo
y sin embargo empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie,
es posible, es posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio
del amor, es posible que tanta espuma inútil
pierda su liviandad, se integre en la corriente, vuelva al coro del Ritmo.

Tal vez el largo oleaje de esta carta te aburra, todo este aire solemne,
pero el Ritmo ha de ser océano profundo
que al hombre y la mujer amarra y desamarra
nadie sabe por qué y, es curioso, yo mismo
no sé por qué te escribo con esta mano, y toco
tu rara desnudez terrible todavía.

No hablemos ya de mayo ni de junio, ni hablemos
del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante tu figura
de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán
de aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos,
silenciosos, seguros de ser uno en el vuelo.

No. Bajemos de ahí, mi Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio:
crucemos los horribles pasadizos
de tus vacilaciones, volvamos al teléfono
que aún estará sonando. Volemos en aviones a salvar
los restos de Algo, de Alguien que va a morir, mi Dios, descuartizado.

Digamos bien las cosas. No es justo que metamos a ningún Dios en esto.
Cínicos y quirúrgicos, los dos, los dos mentimos.
Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la vida hasta sangrar
contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas criaturas por hora...?)
Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas
raíces sigilosas del que quiso venira vemos, y a besamos, y a juntamos en uno.

Miro el abismo al fondo de este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero
de tus días rientes y otra vez no eres nada
sino un color difícil de mujer vuelta al polvo
de la vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás
de lo que fuiste un día quemada por el rayo del vidente.

Mortal contradictorio: cierro esta carta aquí,
este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella.
No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más.
Y océano,
y océano,
y únicamente océano.

Gonzalo Rojas